Esto se produce cuando en el cierre céntrico se produce un primer contacto (contacto
prematuro), que producirá:
- A nivel dentario:
el desgaste, el cambio de posición o la fractura de la pieza involucrada
(se gasta, se mueve o se rompe)
2. A nivel mandibular:
la deflexión mandibular generanda por la activación de los pterigoideos externos con
un movimiento en masa de la mandíbula en el caso que el primer contacto sea sobre un
estabilizador
De esta introducción se desprende que:
- diagnosticar y tratar una anomalía dentaria a partir de su oclusión habitual, sin conocer
cuan lejos se encuentra ésta de la oclusión en relación céntrica, significa alinear los dientes,
buscando su expresión estética sin importar la situación articular, manteniendo la
distracción que pudieran presentar.
- asumir el riesgo que, durante el transcurso del tratamiento, y por la permanente
modificación de la información propioceptiva que éste genera, la mandíbula sufra una desprogramación y cambie espacialmente de lugar, transformando nuestro plan de tratamiento en inadecuado;
- asumir el riesgo que, por lo expresado en el punto anterior, un caso quirúrgico
enmascarado y no debidamente diagnosticado, exprese toda su discrepancia sagital y/o vertical una vez iniciado el tratamiento ortodóncico convencional, transformando nuestra planificación en inaceptable.
Con el sistema estomatognático como un todo en mente, actualmente el diagnóstico
ortodóncico no debe ignorar la posición articular al momento de evaluar la oclusión del
paciente. Es decir, que nuestra planificación incluirá dejar las piezas dentarias
perfectamente alineadas y engranadas, mientras que, y de manera simultánea los cóndilos
estén adecuadamente asentados en las cavidades glenoideas. Dicho en otras palabras, la
máxima intercuspidación debería estar lo mas cerca posible de la oclusión en relación céntrica.
Con esta premisa como meta, deberemos diagnosticar y planificar el tratamiento
ortodóncico.